4.8.12

La tía pobre





Claro que el nombre, un día u otro, desaparece. Esto lo puedo jurar. Sin embargo, la desaparición puede producirse de diversas formas. En primer lugar, está aquella en la cual tu nombre desaparece al morir. Ésa es muy simple. "El río se ha secado y todos los peces han muerto", o "El bosque ha sido pasto de las llamas y todos los pájaros han muerto abrasados"... Y nosotros lamentamos sus muertes. A continuación, está aquella en la cual, un buen día, tú haces ¡pf! y te apagas de repente, pero, tal como sucede con un televisor viejo, incluso después de morir queda una luz blanca temblando en la pantalla. Tampoco ésa está mal. Se parece un poco a las pisadas de los elefantes de la India que se han extraviado, pero seguro que no está nada mal. Y, en último lugar, está aquella en la que el nombre se pierde antes de morir. Es decir, las tías pobres. 


Sin embargo, yo también caigo a veces en ese estado de falta de nombre típico de las tías pobres. Al atarceder, entre la muchedumbre que abarrota la terminal, de súbito se me va de la cabeza adónde voy, cómo me llamo y dónde vivo. Claro que es por poco tiempo, cinco o diez segundos a lo sumo. 


(Haruki Murakami, La tía pobre)

1 comentario:

Albert Estrella dijo...

sin duda uno de los mejores cuentos de Murakami, todos tenemos tias pobres que cargamos en las espaldas...