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30.6.09

Poetas trabajando

Pasto Verde es una editorial que dirige Mario Islasáinz.
18 años después de haberla creado, sigue en la necia y ahora presenta la colección El Celta Miserable, donde pretende mostrar a cincuenta poetas de nuestro país "y más allá".
En su blog, se van mostrando algunos de los títulos, como Preludios para cáncer, de Álvaro B. Chanona:

RETRATOS
Me quitaron tus manos que nunca me dejaron caer
la austeridad circular y perfecta de tus pies
cuando dormía.

La avena tibia de tus pechos que siempre mordí a mi manera
el cobre frío de la noche que vestía de signos ilegibles
los huesos curvos de tus rodillas
el humus de tus cabellos cortos
que cubrió de polvo dorado el ataúd
de tus abuelos
los gusanos corpulentos del aburrimiento
junto a las ruedas rotas
e hinchadas de mis tobillos.

Por eso te digo: es veneno
el tiempo desperdiciado sin caminar a tu lado
descalzo sobre las avenidas sin habitantes de tus caderas
que no tienen miedo ni espinos que puedan rasgar
la punta sin punta de mi carne
habitada por pájaros negros que comen semillas
de agua
sobre el hielo amarillo de este poema que para mí,
es otro más de tus retratos…

26.6.09

Otra semana

Hoy es viernes.

Es una de las cosas que sé.
De las muy pocas.
Una vez más termino mi tarea
-esa sorda tarea sin ventanas-
atrapado en un tiempo febril y paralítico.
Un resuello de perros
rastrea mi pisada entre malezas,
por el bosque sin término de cagados espejos
donde perdí la imagen y el reposo,
la soledad y el nombre,
donde me está prohibido detenerme
a buscar mi sortija de misterio,
mi llave de tinieblas y relámpagos,
golpear la puerta de mi antigua casa
y llamar a las vírgenes que duermen
largamente, esperando
sitio, vestido y música,
fiesta de ser mirándose una a otra,
para luego cruzar los siete umbrales
del país más allá de la niebla
donde es el vino pan y pan el vino
y todo la verdad que sólo advierte
la última alcoba angélica del ojo.

Hoy es viernes.
Guardo los instrumentos funerales,
las negras herramientas
de borrar, de talar ojos y alma.
Me quedo aquí, perdido, circundado
de rebaños que tiemblan, se esparcen y reúnen
como una ola ciega.
Con ellos voy y vuelvo y me disperso.
Está cerrada la caverna.
Y allá lejos, el lirio resplandece
con su traje de rey, y no teje ni hila.
El pájaro no siembra ni siega
ni allega en alfolíes.
Y suyos son el trigo de la aurora
y la miel y el rumor de los veranos,
el aire azul y el verde que se junta
a ser el árbol.
Yo tejo oscuridades. Largas telas vacías.
Siembro. Revuelvo arenas. Les confío
granos sin esperanza ni secreto,
puños de sed, de sombra erosionada.

Y éstos me hablan de amor,
Del amor hablan todos.
Amor: negro resuello a lomos de la noche.
O peor: una pobre lágrima azucarada.
¿Amor es este llanto encima de mi carne,
este horror junto al pozo devorador de estrellas,
es esta indiferencia de cadáver?
¿Amor quedarse solo -y más solo que antes-,
amor echar cerrojos
al socavón donde sin lengua vaga el alma?
¿Amor tenderse a oscuras, a morir sin un astro,
sin una sola astilla de sangre iluminada por testigo,
sin raíces que suban
de su negra piscina sin rumores
al aire de este tallo que aguarda su corona
de congregada luz, de música visible?
¿Amor el no saberse de pronto derramado,
amor el no escapar de la caverna
donde la sangre busca su salida,
el puro sol del ojo,
las puntas de sus ramas abriéndose en los dedos,
la ola centellante
de un alto corazón arrebatado?

Ay, no saber quemarse.
No saber ser tomado
a música y a fuego, hechizo y devuelto
al delirio del bólido y su cabello ardiente,
a las primeras pieles de la estrella
y la inauguración de sus perfumes.
Ay, no ser levantado hasta la zarza en llamas
del corazón, hasta la piedra pura
que el golpe del amor en el costado
pone a manar secretos
y abre el ojo ya sabio y deslumbrado.

Ay, y morir. Morir y dar la muerte.
Y sembrar en la noche mi diáspora de lágrimas,
dispersar mi semilla de oscuras inscripciones,
diseminar las bocas destructoras del musgo,
mi linaje de polvo, mi raza de olvidar.
De mí descenderán lenguas baldadas,
lámparas abatidas,
apretadas legiones de exterminio,
inocentes, tristísimas legiones
de abrazos al vacío.
Cisternas desastrosas.
Huecos deshabitados por la música.
Filas de espesas puertas clausuradas
que han perdido la llave,
echadas como tumbas sobre la primavera,
sobre los altos gozos de la luz y los pájaros,
sobre los alimentos celestiales,
sobre la espuma ociosa y amada de las flores.

(Margarita Michelena, de Golpe en la piedra)

16.6.09

Bloomsday

El día comienza en una hora que no puede atraparse. Lo único real es la imagen de una mujer agotada, frente a la computadora, aburrida a causa de una conexión lenta a Internet. Logra hacer dos cosas: anunciar esta entrada y bajar fotos.
Estoy en una casa que no es mi casa. Un día que está marcado para el regreso al lugar que no he podido conquistar. Así son los martes.
Apago la computadora y me voy a dormir.
Daniel pasa mala noche. A las tres de la mañana pide agua. Reviso que no tenga fiebre, que entre más aire al cuarto. Le pregunto si quiere una canción, un cuento, un abrazo. Duerme media hora después. Hace calor.
Hay tres horas y media de sueño. Abandono. Daniel despierta y yo lo hago también en un segundo que no distingo si es antes o después. Pide agua de nuevo y me dice que quiere armar un rompecabezas. No tengo tiempo para jugar.
Bajo la regadera comienzo a pensar en lo que haré el día de hoy. Más tardo en planearlo que en olvidarlo. Vestirme es la parte más difícil, la más tardada, no hay nada para mí. Recojo mi cabello y beso a Daniel. Pierdo valiosos minutos buscando las llaves, como siempre. Me despido de mi madre, de mi hermana, igual que si viviera con ellas, igual que si no me hubiera ido nunca.
Tarde al trabajo. No sé todavía cuál será la consecuencia por tantos retardos. Pienso en algunas posibilidades. Me digo que está bien.
Desayuno luego de dos horas de lectura. Un sándwich con pan de cebolla, queso amarillo, jamón. Me compré un chocolate relleno de menta que no comeré todavía.
Me piden el crédito de una imagen. Lo busco. Horas buscando el sitio de donde la saqué. Recuerdo cuándo llegué a ella, pero no sé cómo. La aparente imposibilidad de la tarea la vuelve urgente.
Al mismo tiempo, ordeno archivos, reviso el Reader. Leo mensajes en los que aparezco como una sombra. No son mensajes para mí, pero están a mi alcance. No sé si debo intervenir o no. ¿Hasta donde permitir que mi nombre forme parte de algo que no soy? Sí, claro, como si pudiera prohibirle a la gente que nombre a sus fantasías como les dé la gana.
2.21 y me como el chocolate. Debí esperar más, lo sé.
Los pendientes del día dependen de que los demás terminen primero su trabajo, así que de nuevo estoy pensando en lo que debí hacer y tendrá que esperar a otro día.
Algunas llamadas. Daniel se siente bien, luego no, luego sí. Los martes Daniel no depende de mí, pero yo no dejo de pensar en él. Tengo que aferrarme a mi asiento, alejar el celular, inventar la ligereza.
La rutina no termina hasta que llega J. Empiezo entonces a mandar los últimos mensajes, cerrar ventanas, recoger mis cosas. Platicar con él es hacer un recuento las banalidades que estuvieron danzando en mi cabeza las últimas horas. Comprimirlas y dejarlas en su sitio, reír un poco, saber que lo importante queda ordenado en un cajón distinto. Él ya usó un adjetivo para esto: agradable.
Camino a casa, escucho en la radio una canción que me recuerda a mi infancia, pero que no debería saber y menos estar cantando.
Estaría errando por la ciudad, pero el sol está insoportable y a esta hora, mi casa parece fresca. Aquí, ahora, podría comenzar día, aunque el espejismo se desvanece pronto.
Como porque debo comer. Algo que compro en la tienda de enfrente a no más de veinte pesos. Porque ahora recuerdo que no tengo dinero. Y escucho la voz de mi madre, que me dice que no debo llegar a esto.
De nuevo frente a la computadora. Sigo buscando la imagen, por fin la encuentro. Juego Pet society. Pienso que se verá muy mal en mi post escribir que pierdo horas en el Facebook. Pero compro un mar, una playa, un castillo de arena. Cuando Vegetal no puede ganar más monedas, apago la computadora.
Busco Ulises. Mi librero está más desordenado de lo que suponía. Trato de recordar qué edición es la que compré. Leí Ulises en la universidad, en una edición que desapareció misteriosamente. No lo volví a ver hasta este año. Lo encontré baratísimo en un supermercado, pero no puedo recordar el tamaño, el color de la portada. Me topo con Dublineses y ahí me doy por vencida.
Me obligo a sentarme frente al piano. Si no cumplo ahorita con mis ejercicios ya no podré hacerlos, vendrán visitas a casa.
Repaso desde Joyful Bells hasta el segundo movimiento de New World’s Symphony. Pienso que eso se verá mejor en mi post que lo del juego. Dan las 8.40 y no alcanzo a estudiar a Bayly.
Me gusta recibir gente en casa, pero me pongo siempre nerviosa, no quisiera que la reunión fuese tensa o aburrida, pero no sé cómo evitarlo. Escucho a Bebo Valdés y El Cigala. Me acuesto en el sillón y cierro los ojos. Sonrío. Me digo a mí misma: acuérdate de sonreír. Muevo mi cabeza al ritmo de Lágrimas negras.
Llegan G. y P., luego C. Sirvo las bebidas, acerco la botana, pongo a Sak Tzevul. Me doy cuenta que no tengo hielo suficiente. Llega L.
Hace calor. No ha dejado de hacer calor. Debería haber una palabra distinta para el calor de las tres de la mañana, para el calor de mediodía y para este calor encerrado de la noche.
Jugamos Sequence, platicamos un poco. Escuchamos también a Pescetti y un homenaje a Serrat. Iba a decir antes que alguien faltó, que lo esperábamos, que se le extrañó. Pero eso y no decirlo es lo mismo, nada remedia.
El día termina poco después de la hora que se supone debe terminar. Apago las luces y dejo para mañana la limpieza.
De nuevo frente a la computadora. Como el actor que se siente a salvo al volver al guión después de una improvisación fallida. Escribo esto mientras Vegetal visita a los amigos y en el Reader aparece: lo sentimos, se ha producido una situación inesperada que impide que Google Reader satisfaga la petición. Leo y alcanzo a reconocer los errores, las omisiones, pero no tengo tiempo para corregir, ya estoy cansada.
Alcanzo a preguntarme si ésta es una forma de celebrar o no, pero ya no me respondo.
El día está compuesto de dos noches. Sin duda prefiero esta última. Con todo y la nostalgia por lo que nunca ocurrió.
Soy una Penélope distraída, sin fe en Ulises, sola en un territorio que nadie quiere reinar. Pienso en mí y al mismo tiempo tengo en mi mente la imagen de Daniel. Lo veré fuera de esta historia, donde soy totalmente suya y no hay más incertidumbre que la que se calla. Daniel sólo es Daniel y quiere ser grande y fuerte.

13.6.09

Botas

A. soñó conmigo, pero no lo sabe. Sólo recuerda que una mujer con zapatillas altas le decía 'yo también te soñé'.

A. intuye que ha recibido una señal, que esa mujer existe, la siente cerca.
Cuando pasa junto a mí se detiene a mirarme. Pero hace tiempo que yo sólo uso botas.

9.6.09

PlanD Video Music Awards 2009

No se pierdan los PlanD Video Music Awards 2009
Vayan y voten por su favorito.
Eso sí, yo no pude ver completo el de Guns n' Roses cumbia, mis indignados ojitos se llenaron de lágrimas.

1.6.09

Feliz


Alberto Chimal anunció a los ganadores de mayo del concurso mensual de cuento que organiza en su blog.
Ahí mi cuento: Disfraz.

¡Gracias!

28.5.09

Cualquier parecido con la realidad es también ficción

Un escritor invita a la guapa chica que acaba de conocer a su cuarto de hotel.
Cuando lo cuenta, todos esperan que continúe un relato erótico (hay también quien ya se imaginó una película porno, pero esa es otra historia).
Se sientan en la cama y el escritor comienza a leer sus poemas. La chica llora.
Cada uno imagina las razones.

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