6.5.07

Duermo los años que nunca viví

“Duermo los años
que nunca viví”
Jorge Arzate



I
Cuando niña, supo que su alma habitaba exclusivamente en los ojos.
El resto de su cuerpo permanecía frío, ajeno a ella durante todo el día.
Pero de noche, cuando el sueño le clausuraba la mirada, el alma se echaba a andar hacia adentro, como cuando se suelta a un perro para que recorra a voluntad las calles.
Al amanecer la encontraba en su sitio, como un ligero brillo en el iris.
Entonces su cuerpo, enfermo, quería expulsar los recuerdos con la fiebre.

II
Un diciembre llegó el gato.
Tenía sus mismos ojos y se veía tan pequeño como ella.
Ambos adquirieron la costumbre de sentarse al pie de la escalera, al fondo del patio.
El cielo y sus estrellas los miraban.
¿Cuántos no serían los ojos congregados sobre aquellos escalones?
La falda se le acurrucaba entre las piernas.
Las noches eran tan frías como su cuerpo.
Ella y el gato reprimían los temblores apretando los dientes, abrazando el paladar con la lengua.
Nada parecía estar vivo entonces.

III
La media noche llegaba dilatada,
con su vestido sucio y su olor húmedo y viejo.
Llegaba para provocar que el cielo y la escalera fuera lo mismo.
Era la hora de irse a dormir.
Cuando entraban a la cama ya tenían tiempo de estar soñando.

IV
Su cabello crecía más durante los sueños, de largos pasillos oscuros para Ella
y sonidos agudos para el gato.

V
Creo que en ese año diciembre cupo en una noche, doloroso como la garganta herida, aterrador como sombra sin dueño, amargo como el café antes de aceptar la tormenta inevitable del azúcar.
El alma olvidó definitivamente los paseos interiores para aprovechar cualquier descuido (un sueño inquieto, un bostezo extemporáneo) y salir de prisa a buscar los ojos gemelos, penetrar el cuerpo extraño, ejercer su dominio en tierra virgen.

VI
Poco a poco aprendió a controlar sus salidas, a meterse donde no la llamaban,
a deshacerse de Ella y a desnudar secretos que luego le contaba manera de disculpa.
Lo descubrió al morir el gato.

VII
Fue de madrugada.
Despertó en seco sin abrir los ojos.
El alma apenas tuvo tiempo de alcanzarla, de regresar a casa.
Pero entraron con ella las visiones del moribundo.
Era descubrir algodones obstruyendo las venas, guardar en cada poro una espina envenenada,
arena entre los dedos y más debajo de las uñas.
Sentir el sudor tibio como lágrimas.
Regresó la fiebre furiosa antes del desmayo precedida por un coro de huesos con voz de polvo que gritó lo mismo que momentos antes el gato había exhalado.

VIII
Sobre todos las paredes estaban tatuados aquellos ojos muertos, su memoria los animaba a traición.
Hasta que, en un acto suicida, se sacudió la infancia.

IX
Ya no siente frío.
Se ha reconciliado con su cuerpo.
Y es que hace días que su alma no regresa.
Quién sabe qué ojos verdes andará buscando.
Mientras tanto ella evita el sueño, vive entre luces artificiales y se venda los ojos con frecuencia para que aquella no la encuentre.

X
No sé por qué me pongo a recordar todo esto.
Será que arden los ojos, que están cansados.
Será que todas mis noches son como diciembre, pero sin cielos ni escaleras.
Será simplemente que estoy tan sola que finjo ignorar mi nombre y me empeño en buscarlo en el pasado.


3 comentarios:

Lu García dijo...

no sabes cuántas fibras has tocado...
bendita escritura!

Juan Solo dijo...

Aunque sobre todo al final está bien triste, me gustó mucho, está bieeen bonito. Y la foto final, ufff, enorme.

LUDA dijo...

agradezco